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El rey ante el balcón

Andrea Olea- Cuento

Érase una vez, en un paí­s muy muuuyy lejano, un viejo monarca. El rey se consideraba a sí­ mismo un hombre sabio y juicioso, sensato y justo.

Sucedió que, siendo tan anciano, presintió que su fin se acercaba. Así­ pues, queriendo asegurar su legado, reunió a sus hijos y les habló del siguiente modo: queridos hijos mí­os, mi vida ha sido larga y fecunda. He contribuido a mejorar todo lo que me rodea, soy autor de ensayos y tratados, mis ideas son seguidas por miles de personas… soy ejemplo a seguir para muchos. No hay nada que quiera llevarme a la tumba salvo una promesa: que haréis que la gente recuerde lo bueno que he sido y todo lo bueno que he hecho por mi pueblo.

Sus hijos se miraron extrañados. ¿De verdad pretende que nosotros..? ¿Pero cómo lo haremos, si ahora la gente…? Quizá, quizá ya no se acuerda de…

Ninguno sabí­a qué hacer. Los hermanos mediano y pequeño se limitaron a agachar la cabeza y mirar al suelo. El hermano mayor, tras cavilar unos instantes,   tomó a su padre del brazo y lo condujo hasta el balcón de los aposentos. Abajo, como hormiguitas, se moví­an sus súbditos hacia un lado y otro. Ninguno parecí­a seguir un camino determinado y continuamente chocaban entre sí­. Tras contemplarlos un rato que pareció eterno, el viejo monarca, extrañado,   preguntó a su hijo: pero es que… ¿acaso no ven?

Padre, contestó con asombro su primogénito, hiciste que les sacaran los ojos, ¡dijiste que bastaba con que tú vieras por todos ellos!

No dando crédito a lo que sucedí­a, el rey volvió a asomarse, y esta vez se apoyó en la barandilla para observar mejor. Así­, comprobó que un silencio desolador reinaba en las calles. ¿Es por eso que esta gente no quiere hablar? ¿Están molestos conmigo?, inquirió a su hijo. Pero padre, respondió éste, tú les cortaste la lengua, afirmaste que la tuya era la única voz que merecí­a ser escuchada.

La congoja comenzó a trepar por el pecho del soberano. Miraba hacia abajo y negaba con la cabeza una y otra vez. No puede ser, no puede ser… repetí­a en susurros como una retahí­la.

Al fin, aunque de forma entrecortada, logró articular una frase en voz alta: pe-pero todos estos seres… ¡no pueden valerse por sí­ mismos! ¡Son completamente inútiles!, exclamó con desesperación. ¡Tenéis que hacer algo!

El prí­ncipe, no pudo sino encogerse de hombros y decir: padre, yo no sé nada; ni a mí­ ni a mis hermanos nos enseñaste tampoco gran cosa. Impediste que emprendiéramos cualquier empresa por nosotros mismos, si tratábamos de aprender algo nuevo o distinto, tú no lo permití­as. Tan sólo una frase hemos escuchado de tu boca todos estos años: no me preguntéis qué hago, no pidáis explicaciones.

URL simplificada: http://www.puntoencuentrocomplutense.es/?p=949

Publicado por en febrero 28 2009. Archivado bajo Libros y comics, Más cultura. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

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