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Historia de una partida de poker, de la Gran Partida

CARTAS AL DIRECTOR

Anónimo- Divagaciones

Desde pequeño me gustó el poker. Todos los padres nos dicen aquello de ¡aprende a jugar al poker que si no, cuando seas grande vas a tener que conformarte con jugar a la brisca¡. Piensas que ellos lo saben todo, que van de listillos, que si tan importante es el poker, ¿por qué no lo aprendieron ellos, en lugar de jugar a la brisca o al chinchón?

Conforme vas teniendo uso de razón, en la adolescencia, consideras que es un juego ingrato en el que el azar y la procedencia tienen mucho que decir. De nuevo te aparecen las preguntas: ¿Por qué tú te sientas en la mesa con más fichas que yo?

Sin embargo,   he de reconocer que siempre me gustó. Me gustó porque me daba la oportunidad de vencer   incluso al que se sentaba con más fichas y mejor ropa. Esos chicos que llegaban, se quitaban su reloj de marca, sus gafas de diseño y mientras jugaban comentaban sus caros hobbies entre sonrisas perfectas talladas por un buen odontólogo. Y perdí­an. Salí­an llenos de ira, incrédulos en muchos casos. Ahora era yo el que tení­a algunas de sus fichas. En aquel entonces, la ficha no reemplazaba al dinero, sino al orgullo adolescente. Entraban con los bolsillos llenos de fichas, pero jugaban peor que yo. Por eso me empezó a atraer este juego. Por eso, y porque también probé el sabor amargo de la derrota y salí­ más fortalecido aún.

Si era mejor que ellos no creo que se debiera únicamente a un don innato. Acompañé mi amor por el poker y mi habilidad con muchas horas de formación, jugando virtualmente, leyendo libros de grandes campeones, viendo partidas por la televisión… Cuando empecé a tener edad de trabajar, me pasaba veranos enteros sacrificando playa y piscina para conseguir dinero y poder empezar a jugar de verdad. A jugar contra expertos.

Las palabras de mis padres comenzaron a tener sentido. Era verdad, nadie me iba a regalar nada. Cuanto más crecí­a, más duras veí­a las partidas. Esto ya no era como jugar contra mis amigos. Ya no éramos niños; ni tan si quiera adolescentes.   Aquí­ habí­a gente muy bien preparada, con un AS eran reyes.

Cada derrota me motivaba más. Me hací­a sacrificarme más. En mi casa me llegaron a preguntar:

-                   ¿Por qué te inscribes en partidas que sabes que vas a perder? ¿No ves que es una pérdida de dinero?¡

-                   Para aprender, para formarme. Contra esa gente pierdo, es verdad. Pero sólo pierdo dinero y parte de mi tiempo libre. En cambio gano formación y crezco como persona.

-                   ¿Qué te crees, que por hacer todo esto vas a terminar jugando en el Gran Casino? Allí­ solo van cuatro y por enchufe. –me respondí­a mi padre.

-                   Yo iré.- contestaba siempre tajante.

He de admitir que esa pregunta retórica de mi padre se me quedó grabada: ¡ ¿Qué te crees, que por hacer todo esto vas a terminar jugando en el Gran Casino?¡. Admito también que muchas veces estuve a punto de darle la razón. Caí­ en multitud de ocasiones. Me desmoralicé. Lloré. Maldije mi suerte. Por qué con lo que habí­a luchado en esta vida y siendo un buen jugador de poker, por qué tení­a que renunciar a grandes partidas sólo por no tener el dinero suficiente para comprar el esmoquin. Pensé que viví­amos en un mundo de apariencias en el que importa más el esmoquin que la destreza del jugador. Lo sigo pensando.

Pero cada vez que me deprimí­a, habí­a un algo que me recordaba aquello de ¡caer está permitido, levantarse es una obligación¡. Y seguí­ adelante. Seguir adelante era renunciar a toda hipocresí­a, ir detrás de mi sueño con valentí­a: jugar en el Gran Casino, la Gran Partida.

En el camino mucha gente me abandonó. A muchos los abandoné yo. En mis peores derrotas eché de menos a muchos ¡buenos amigos¡. En mis victorias también eché de menos a gente que jamás pensé que le molestase mi éxito.

Trabajé mucho. Mucho. Y logré entrar por méritos propios a la Gran Partida.

La entrada en el Gran Casino

Estaba ilusionado, qué edificio tan espectacular. Qué maravilla. Arriba del todo, 10 letras enormes: GRAN CASINO. Debajo de ellas una leyenda: El Gran Casino es así­. Llevaba mi traje, mi baraja de la suerte. Iba seguro de mí­ mismo, habí­a logrado algo que otros jamás conseguirí­an: entrar en el Gran Casino para jugar la Gran Partida.

Sin embargo, el interior contrastaba y de qué manera con su apariencia externa. Nada más llegar a la puerta empezaba una clara división. A la izquierda –puerta Sur- nadie aguardaba, todo era podredumbre, oscuridad y tristeza. A la derecha –puerta Norte- varios empleados, de fina educación, esperaban que les mostrase mi credencial, mi invitación, para dejarme entrar. Así­ lo hice, sin poder olvidar lo que habí­a en esa puerta Sur.

Ya en el hall, enmoquetado y ostentoso, comprobé que una fina pared de cristal separaban las dos zonas del Gran Casino. Me quedé embobado. ¿Cómo podrí­a ser que en el mismo local existieran tantas diferencias? ¿Y por qué nadie más miraba hacia la parte más gris?

-                   Señor, acompáñeme a la mesa donde se jugará la Gran Partida.- me dijo uno de los empleados. Se percató de mi fijación en la realidad que mostraban los cristales al otro lado del hall, en la Puerta Sur- No se preocupe por esa parte del casino. Haga como el resto, no mire. Si no mira, es como si no existiera.

-                   Tranquilo, ya le acompaño yo a la mesa. Puedes volver a la puerta de entrada –dijo otro empleado. – No le hagas mucho caso. Él antes estaba allí­, en la zona Sur. Cada dí­a aporreaba el cristal, decí­a que habí­a que derribarlo, que era una vergí¼enza. A los que vení­an como tú, de abajo, os llamaba traidores   por traicionar a vuestra clase. Un buen dí­a lo vi por aquí­. Me enteré de que los jefes hablaron con él y le propusieron entrar en la zona Norte con todos los derechos si dejaba las reivindicaciones y sus numeritos al otro lado del cristal. Ahora ya lo has visto… Es uno más de este Casino.

-                   Sí­, entiendo –respondí­ sin comprender muy bien.

-                   He leí­do algo sobre ti. Sois pocos los que conseguí­s jugar la Gran Partida. Raro es que alguien que viene de donde vienes tú esté en esa mesa. Tienes todos mis respetos, pero sinceramente, creo que has venido para perder. No podrás luchar contra Talismo. Tiene demasiadas fichas como para que tú puedas ponerle en aprietos. Además se aliará con Capi si las cosas van mal. Cuando van bien, se despellejan entre ellos en el tapiz verde. Pero cuando van mal, se apoyan. No quieren permitir que alguien como tú les gane.

-                   ¿Quién más hay en la partida además de Capi y de Talismo?-pregunté intrigado.

-                   Pues está Obrero, que es un tipo como tú. Se lo ha currado bastante y es bueno. No sé, pero podrí­ais hablar y ayudaros. También está Emirates. Es un jeque, lo invitan no porque sepa jugar, sino porque le despluman. Le dejan ganar algunas para que esté contento. Luego le van sacando poco a poco todo. Es probable que de aquí­ a unos años, Emirates vuelva a ser un pobre nómada del desierto y lamente su servilismo hacia Capi y Talismo. El otro jugador se llama Hijode. No lo habrás oí­do nunca. No sabe jugar.

-                   Y si no sabe jugar, ¿Por qué está invitado a la Gran Partida? –Espeté a mi acompañante

-                   No te fijes en el nombre, pregúntame por su apellido y entenderás porqué está en la mesa. –Me contestó con fina ironí­a.

Llegamos, por fin a la mesa. Allí­ aguardaban ya los que serí­an mis rivales. Estaban Capi y Talismo con trajes de alta costura, sus rolex brillaban más que el propio sol. Con ellos Emirates ataviado como un jeque debe ir. Túnica blanca pulcra que recubrí­a un cuerpo lleno de billetes. Hijode sostení­a una copa de Martini y jugaba con su iphone, parecí­a despreocupado.

Yo me fui a sentarme a un rincón hasta que diera comienzo la partida. Me concentré, bajé la mirada y pensé en cuánto me habí­a costado llegar hasta allí­. En todo lo que habí­a sacrificado. En lo que mis padres habí­an puesto a mi disposición para que un buen dí­a su hijo pudiera cumplir su sueño. Por todo ello me prometí­ a mi mismo que aprovecharí­a esa oportunidad.

La Gran Partida

El crupier ya nos estaba llamando. Cuando me disponí­a a retirar la silla para sentarme una mano me tocó por detrás. Era el otro participante, Obrero.

-                   Me ha costado mucho llegar hasta aquí­. No pienso dejar que seas tú el que me ganes. –Me dijo con los ojos llenos de rabia. Yo, claro, asombrado.

Obrero me preocupaba tanto como los otros cuatro. No entendí­a por qué para él su máximo rival era yo. Tampoco me distrajeron tanto sus palabras, simplemente me extrañaron. Me centré en mis cartas y en la partida. En la mesa, las desigualdades eran manifiestas.

-                   No es justo. ¿Por qué no todos partimos con las mismas fichas? Eso es lo que pone la Regla Magna del poker, ¿no?- Dijo Obrero al crupier, reivindicativo al ver que su montón de fichas y el mí­o eran notablemente inferiores al del resto de participantes, los cuales no pudieron aguantar la carcajada.

-                   No. La Regla Magna del poker dice que tú tienes el derecho a estar sentado en esta partida. Las fichas con las que venga cada uno a ella, no tiene nada que ver. – Le corrigió el crupier.

-                   Pero yo estoy sentado aquí­ porque he trabajado duro para estar, otros de los presentes están y ni siquiera saben decir ¡poker¡.- Prosiguió.

-                   Usted ejerce su derecho de estar en la partida. Cómo ha llegado hasta aquí­ no es de nuestra incumbencia. Si no está conforme, puede abandonar. El Gran Casino es así­- Volvió a responder el crupier quien, a pesar de que estaba en lo cierto, mostraba una moral parcial a favor de la gente como Capi o como Talismo. Yo mientras me acordé de que esa última frase era lo que poní­a en la fachada del edificio.

Entonces Obrero hizo ademán de levantarse.

-                   Espera –le dije-. Si no te gusta, lo mejor es que intentes ganar. Y cuando ganes la Gran Partida, cambia lo que no te guste, pero lucha desde dentro. Desde fuera no podrás conseguir nada. Las paredes de este casino son infranqueables.

Obrero no me hizo caso, se levantó y se fue. Pensé que tení­a razón en lo que decí­a, pero su decisión de abandonar no arreglaba nada. Capi y Talismo seguí­an riendo.

La partida dio comienzo. Lo previsible iba ocurriendo. A Emirates lo fue desplumando Talismo, parecí­a que no era el dí­a de Capi al que logré engañar en un par de manos. Con Hijode tampoco me resultó difí­cil. Era un pobre infeliz que estaba más pendiente de sus caros artilugios electrónicos que de la partida.

Así­, después de un par de horas quedábamos Capi, Talismo y yo. Sabí­a que estaban contrariados, que no podí­an entender cómo mis pocas fichas se habí­an multiplicado hasta juntar una cantidad más grande que la de Capi. A cada mirada de recelo, yo les dedicaba otra que decí­a ¡Trabajo, Talento y Tesón¡. Las tres T que desde pequeño descubrí­ que eran la clave del éxito.

Con esas tres T y cierta picardí­a logré volver a ganar una mano a Capi, hasta que se quedó fuera. Cuando me vení­an buenas cartas procuraba ganar. Cuando mi mano era mala, intentaba no perder. Quedé frente a frente con Talismo. Tení­a muchas más fichas que yo, al crupier de su parte y la experiencia adquirida de años atrás.

Empezó jugándome muy agresivo. Sin ni siquiera destapar flop, él ya me subí­a grandes sumas de fichas. Yo miraba mis dos cartas, no eran malas… pero tampoco buenas. Así­ que no iba. Mi número de fichas menguaba. Después de cada mano a la que renuncié pensaba ¡quizá si hubiera ido…¡. Me acordé entonces de un consejo que me dieron de pequeño: ¡mejor lamentarte de algo que has hecho que de no haber hecho todo lo que esté en tus manos¡.

Me dio fuerzas. Jugué con valentí­a y astucia y recuperé bastante.

A mi mano llegaron As de picas y J del mismo palo. Talismo puso la ciega grande, yo la pequeña. Igualé. Antes de que el crupier pusiera tres cartas sobre el tapete, Talismo triplicó la ciega grande. Eso eran muchas fichas para mí­ y no demasiadas para él… Paré el tiempo. Me cuestioné. Miré dentro de mí­. Mi cabeza me decí­a ¡basta¡, pero mi corazón me gritaba ¡adelante¡. Igualé su apuesta.

Las tres primeras cartas en el flop fueron As de corazones, seis de picas y reina de picas. Talismo volvió a hacer una fuerte subida. Ese As me dio confianza, volví­ a igualar. Talismo quedó desconcertado, pero no lograba borrar de su cara esa sonrisa que parecí­a decir: ¡pobre diablo¡.

El crupier quemó una carta –tal y como dicta el juego- y descubrió otra en el tapete: dos de tréboles. Los dos entendimos que aquella nueva carta era inofensiva.

-                   Check –dije yo.

-                   Check – dijo también él.

Otra vez el mismo ritual para el crupier: apartar un naipe boca abajo y descubrir otro en la mesa. Cinco de picas.

-                   Check – dije yo, sabedor de que tení­a color.

-                   All in – apostó con arrogancia Talismo.

-                   Lo veo – contesté ante su sorpresa.

Es verdad, el poker tiene las mismas reglas para todos, pero no todos somos iguales ni estamos en las mismas circunstancias. Si él ganaba, yo estaba fuera de la partida y sin nada. Si lo hací­a yo, aún le quedarí­an fichas, muchas fichas, a él para seguir jugando. Aún así­ puse todas mis fichas sobre el tapiz.

-                   Trio de reinas – dijo mostrando sus dos reinas que escondí­a sin ser su turno.

-                   Color –fue mi respuesta.

Su sorpresa fue mayúscula. No podrí­a comprender cómo era posible que alguien tan poderoso como él hubiera recibido un golpe así­. Entre tanto, yo iba colocando mis fichas. Talismo seguí­a teniendo muchas más que yo. Lo que para mí­ era una fortuna, para él apenas suponí­a un contratiempo.

Pero no era eso lo que le importaba, como tampoco lo era para mí­. Talismo se sentí­a humillado. La derrota no entiende de números, es un espí­ritu que se apodera de ti. Se sentí­a el perdedor y lo era. Por más que tuviera más fichas aún que yo.

El cuprier observaba. Se le acercó un hombre trajeado y le dijo algo al oí­do.

-                   La partida ha finalizado, me indican que hay que abandonar la mesa por motivos de seguridad. Desde la dirección del Gran Casino lo lamentan y les piden disculpas. El ganador, de la partida es el señor Talismo, pues el número de fichas es mayor. Ambos pueden ir a canjear sus fichas. Buenas noches.

Así­, con estas palabras del crupier se terminaba la Gran Partida. El señor trajeado, ¿quién coño serí­a? Al final Talismo volvió a ganar, esta vez ¡por motivos de seguridad¡.

Cruzamos nuestras miradas durante unos segundos. Vi en sus ojos la derrota, él vio en los mí­os la victoria. Sonreí­ y me fui a canjear mis fichas.

Me acordé de todo lo que viví­ de pequeño. De las palabras de mis padres, de esas primeras partidas. De lo duro que me resultó todo. Habí­a llegado más lejos de lo que jamás pude imaginar. No me molesté en pensar si el Gran Casino evitó mi victoria final. Sabí­a que yo habí­a sido el mejor de los jugadores. Que mi espí­ritu de lucha me habí­a permitido salir de allí­ mejor de lo que habí­a entrado.

Cuando abandoné el Gran Casino, muchos esperaban, en la puerta, tirados. Clamaban contra todo. Reivindicaban, pero lo hací­an tirados. Palabras. El viento las arrastraba a ninguna parte.

No me detuve. Miré al frente, vi el largo camino que aún me quedaba por recorrer hacia otro casino y marché hacia adelante con el mismo pensamiento que mantengo desde crí­o: ¡Trabajo, Talento y Tesón¡. Todo volví­a a empezar, pero esta vez,   ya no de cero.

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Publicado por en mayo 21 2011. Archivado bajo Cartas al Dtor, General. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

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