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El redoble que le faltó por tocar a Vince Carter

Héctor Chamizo (@hectorchamizo) – Reportaje

-Yo quiero el 23 como Michael Jordan, papá.

- Creo que tienes otras posibilidades, hijo.

- Es uno de mís ídolos. Algún día quiero ser como él.

- Coge otro número y te harás famoso. Queremos lo mejor para ti, Vince.

Nació en Daytona Beach, California. Vince Carter se crió en un entorno tranquilo, pese a que la relación con su padre biológico, Vince Sr., quedase reducida casi a cenizas. Cuando el pequeño estaba en segundo grado, el matrimonio Carter se resquebrajó y a partir de entonces las noticias llegaron con cuentagotas. Se crió junto a su madre, Michelle, y su nuevo marido, Harry. Ambos profesores. La relación del chico con su padrastro rápidamente ganó enteros. Las inquietudes de los dos progenitores llevaron al crío a crecer en en un ambiente cultural. Unieron tanto sus lazos que tiempo después reconoció en una entrevista la importancia de ellos en su vida: “Mis padres son mi inspiración cada día. Lo creas o no, son mis entrenadores personales. Después de cada partido aún les llamo para preguntarles cómo lo he hecho”.

Harry era director de orquesta y quería introducirle en el mundo de la música. Vince se inició en el saxofón, la trompeta y la batería, siendo esta última su intrumento predilecto. “Tocar los tambores me hacía sentir más libre y podía soltar una gran cantidad de energía”, explicada años después un adolescente cada vez más entrado en años. El factor melódico era una dosis permanentemente obligatorio en la casa de los Carter. De manera paralela, empezó a jugar al baloncesto cuando tenía once años tomando como referencia a Julius Earving. Dr J le sirvió como espejo para intentar mimetizar todos sus movimientos. Por aquel entonces ya conseguía tocar el aro con los dedos y un año más tarde, con 12, realizó su primer mate ante el estupor de los que estaban presentes. El primero de muchos. De infinitos.

Gracias a la ayuda de su tío, Oliver Lee, estrella en la Universidad de Marchette y drafteado por Chicago Bulls en 1981, se fue abriendo camino en las pistas. El apoyo recibido fue fundamental. Su juego fue ganando consistencia, fuerza y técnica, dado que Lee siempre fue conocido como un dominador del baloncesto callejero. Tiempo después, Vince ingresó en el instituto de Mainland, después de que sus padres recibiesen ofertas de hasta 50 centros más, y no le faltó tiempo para coronarse como el mejor jugador del equipo de baloncesto. En la temporada 1991-1992 ya era la máxima referencia dentro de la cancha. Se le quedaba todo pequeño. Era como intentar divertirse con juguetes sumamente desgastados. Al año siguiente, de hecho, ya pasaba por encima de todos con facilidad. Siendo junior, su entrenador, por aquel entonces Charlie Brinkerhoff, le cambió de la posición de escolta a alero, mejorando su producción a 25 puntos por partido y 11 rebotes de media, y llevando a los Buccaneers a un balance de 30-2. Espectacular. En su campaña de senior estuvo más ocupado por su actividad musical. De hecho, era el encargado de componer las canciones que se tocaban en los descansos de los partidos. Mantuvo su promedio para después elegir entre las universidades de Florida State o North Carolina, donde buscaría continuar madurando. “En la escuela de secundaria, el mejor momento fue ganar las eliminatorias estatales”, recordó tiempo después.

De Carolina del Norte a… Toronto

Finalmente, empujado por su círculo cerrado de confianza, incluso su madre estuvo presente en la firma del contrato, se decantó por North Carolina. Aquella universidad en cuyo historial yacían nombres tan asombrosos como los de Michael Jordan, Bob McAdoo, Jerry Stackhouse, Billy Cunningham o Rasheed Wallace. Y no solo formó parte de dicha lista histórica, sino que consiguió destacar en el equipo. Su camiseta con el dorsal ’15′ era de las más codiciadas. Un día Vince estaba viendo el canal MTV en la televisión y observó como varios chicos estaban portando la camiseta azul de UNC. Era la suya en concreto, con su número. No se lo podía creer. No había terminado de deshacer las maletas y su nombre ya estaba en boca de muchos.

En estas lindes, fue madurando baloncestísticamente en su periplo universitario. Tras una primera temporada en periodo de prueba, en la segunda se erigió hasta colinas más altas. North Carolina realizó un gran campeonato por la aportación talentosa de Carter junto a Jamison. En Playoffs ante Cal y Louisville, el de Florida resultó ser determinante. Lástima que a la postre se topase con los Arizona Wildcats de unos jóvenes Miles Simon y Mike Bibby, que les vencieron por 66-58. Duro golpe que serviría para mejorar de cara al curso siguiente.

En el verano descubrió, de manera anecdótica a través de su abuelo en una reunión familiar en verano, el parentesco que tenía con uno de los jugadores más prometedores que ya empezaba a despuntar en el instituto: Tracy McGrady. Resultó ser su primo. Así, se preparó a conciencia para la que sería su última temporada en North Carolina.

Después decidió dar el salto a la NBA y tomó el camino de Toronto, aunque fue Golden State el equipo que le eligió como número cinco del draft de 1998. Los Raptors intercambiaron los derechos de Jamison por los suyos para que recalase en la franquicia canadiense. Con firmeza, logró ganarse poco a poco a grandes nombres de la liga.  “No lleva trenzas y tampoco tiene tatuajes. Vince solo sale a la cancha y trabaja duro cada noche”, explicaba Tim Hardaway. “Mirarle es como ver una película”, apuntaba Oakley, compañero de equipo. “Es uno de esos jugadores que sobresalen del tablero”, agregó Allen Iverson. Subió escalones temporada tras temporada hasta alcanzar su mejor versión, en la 2.000-2.001. Solo le faltaba sellar, de alguna forma, su gran nivel.

El sueño agrietado y su última oportunidad

Vince Carter era el líder indiscutible de Toronto Raptors. Había ejecutado una temporada regular espectacular alcanzando una cota de anotación asombrosa: 27,6 puntos por partido. Producción que, hasta el día de hoy, se mantiene como la mejor en toda su carrera profesional. Tan solo unos días atrás, el conjunto canadiense había conseguido deshacerse en una serie a cinco partidos de New York Knicks. No fue absolutamente nada sencillo.

En el primer partido, Allan Houston y Kurt Thomas, principalmente, se habían encargado de intentar borrar de un plumazo las aspiraciones de Vinsanity. Tanto fue así que se terminó quedando en cinco de 22 en tiros de campo: muy lejos de lo que había sido capaz de mostrar durante la temporada regular. Paulatinamente, su suerte fue cambiando en la serie hasta que en el quinto y definitivo choque se echase el equipo a las espalda con 27 puntos. Además, el apoyo en la anotación por parte de Alvin Williams y Antonio Davis hizo que saltase la sorpresa. De nada sirvió la exhibición ofensiva de Latrell Sprewell. El choque acabó con 93-89 y los Raptors conquistaron el Madison contra todo pronóstico.

Entonces llegó el equipo temido. La piedra más grande del camino hasta las finales: Philadelphia 76ers, con un Allen Iverson a la cabeza que acababa de ganar el MVP del curso recientemente, y con una eliminatoria que se iría hasta los siete partidos. Pero el más importante de ellos fue aquel que pudo cambiar la vida del de Florida.  20 de mayo de 2001. Fecha marcada en rojo en el calendario. Todo en orden. No había indicios de haber cometido algún tipo de irresponsabilidad. Lo que tanto sacrificio había costado, al fin daba lugar: aquel día en el que se podía a trazar una línea ascendente hacia lo más alto de su principal meta. Se asomó a la ventana y vio su rostro de incredulidad reflejado con unos trazos que carecían de nitidez. Alargó el brazo y tocó tres veces en el inmaculado y pulcro cristal con el índice de la diestra, mostrando síntomas de intranquilidad. Decidió entonces que lo mejor era tumbarse en la cama para dejar pasar los minutos y evitar que entrase en su mente aquello que le atormentaba. Lo que tan solo iba a ocurrir horas después.

Llegó al pabellón convencido de sus posibilidades. Envalentonado. No dudaba en que sería su noche y en que por fin iba a dar el salto cualitativo que tanto había esperado desde sus inicios. Se adentró en el parqué concentrado y con la mirada penetrante en sus adversarios. Transcurrieron los minutos y el resultado se decantaba a favor de Philadelphia. Los canadienses tan solo llegaban a acechar a dos puntos, pero no daban la vuelta a la situación. Iverson estaba realmente participativo y repartía juego como nunca. Aaron McKie se benefició en más de una ocasión de la noche altruísta de la estrella anotando tras recibir después de los bloqueos. The Answer llegó al final del choque a las 16 asistencias.

Cuando quedaba un minuto para que terminase la eliminatoria, Raptors se acercó a cuatro puntos hasta que, en un contragolpe, Dell Curry se levantó desde la línea de tres para quedarse tan solo a un suspiro. 88-87. Estaban vivos. Varios fallos siguientes en ataque de los locales propiciaron una última oportunidad para Toronto, con tan solo 3,6 segundos de margen de error. Carter resopló, sabía que era el elegido. Tenía la certeza de que podía conseguirlo. El tiro de su vida. El que le llevaría hasta las finales de Conferencia, lo que siempre había soñado. Lenny Wilkens, entrenador de la franquicia de Canadá, así lo decidió: “Carter, es tu momento”. Entretanto, Vince se refrescaba con un poco de agua mientras miraba de reojo el electrónico. Tenía que entrar esa canasta.

Saque desde la línea divisoria. Carter recibió para buscar el triple. A Sixers le restaba una falta y la cometieron para arañar tiempo. Dos segundos en el marcador y segunda oportunidad para los visitantes. En el banquillo contrario Larry Brown se relamía con un agudo nerviosismo. Se mascaba la tensión en el pabellón. Curry saco desde la banda mientras que Vinsanity sorteaba dos bloqueos. Atrapó el balón de espaldas. Se giró y fintó provocando el salto de Tyrone Hill. Lanzó en suspensión mientras la multitud se enmudecía. La trayectoria del tiro se topó con el aro dando carpetazo a la ilusión de toda una vida. Raptors eliminados y su jugador franquicia cabizbajo. El destino no le fue fiel a Vince.

Carter siguió más años en Toronto hasta que en la temporada 2.004-2.005 decidiese tomar un avión rumbo a New Jersey, donde también alcanzó buenos números. Después, pasó fugazmente por Orlando, disputando 22 partidos, para acabar recalando en Phoenix a medida que su aportación ofensiva decrecía cada vez más. Una vez terminada la temporada, Dallas, campeones en 2.011 se fijaron en él como refuerzo. Aceptó. Vince quería meterse en el bolsillo lo que un día la suerte le negó. Su último tren. Solo el tiempo le dirá si tocará aquel redoble de gloria que tanto deseaba y tendrá otro gran lanzamiento para él a dos segundos del final.

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Publicado por en marzo 29 2012. Archivado bajo Con nombre propio, Deportes, General, Héctor Chamizo, Zona NBA. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

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