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Quique González: “Cuando yo termino, empiezan los panaderos”

Marta Semitiel Giménez-Entrevista

En el número 14 de la Rue Abel de París, hay una pequeña sala de conciertos que sirve de combustible para ese gran motor que mueve la vida de muchos: la música. Rock, blues, jazz, música latina: cualquier estilo tiene cabida en el limitado aforo de Les Combustibles, un aforo que, la noche del 10 de marzo, estuvo completo debido a la presencia de Quique González.

Las seis de la tarde: Les Combustibles, casi vacía, se prepara para su evento nocturno. Quique entra por la puerta de atrás, sin hacer ruido: chaqueta negra, camisa, pantalón oscuro y botas que delatan haber caminado mucho. Me presento, no me conoce. Se presenta, como si no le conociera. Cruzamos unas pocas palabras y acepta esta entrevista.

Quique González, músico madrileño nacido en el 73, con ocho álbumes en la ajada funda de su guitarra y una ardua carrera a sus espaldas, es para muchos un cantautor o un cantante enmarcado por la industria dentro del pop-rock. Pero él se define a sí mismo como cancionista, un músico más de ese desconocido y no reconocido gremio de artesanos cuya obra artesanal es la canción: “soy como los panaderos, lo único que, cuando yo termino, empiezan ellos”.

Han pasado trece años desde que Quique lanzó su primer disco, Personal. Su carrera profesional es larga y, en muchos momentos, fue dura; confiesa haber perdido el empaque alguna que otra vez, “como todos”, pero, si pudiera volver atrás, Quique no cambiaría nada. Echa de menos “la ingenuidad y la ilusión” que poseía en 1998, en tiempos de Personal, pero Quique es de los que creen que la vida te acaba llevando a donde tú quieres llegar: “¿a París, hoy y aquí?”, “hombre, concretamente aquí, no, yo soñaba con tocar en Moby Dick, pero sí: de algún modo, esta es la vida que yo quería”. “¿Y qué hay de tu sueño de ser futbolista?”, se ríe, “no, eso fue un sueño de niño, y los sueños de la infancia deben quedarse ahí, en sueños”.

Tras la gira de su último disco, Daiquiri Blues, comenzó Desbandados junto a Jacob Reguilón, “un hermano, un compañero”, como él lo define, y ahora tiene entre manos este tour internacional, más flexible y cercano, que le ha llevado a Les Combustibles y que le llevará, en los próximos días, a Estados Unidos, Texas y Canadá, pero, a pesar del ajetreo, Quique dice tener tiempo para descansar y seguir trabajando en su próximo disco: “ya tenemos un boceto y, si todo va bien, espero que esté listo para principios del año que viene”.

Quique es de las personas que piensan que “cada cual obtiene, al final, lo que merece”, pero, si hoy ha llegado hasta donde está, una gran parte se la debe a su público, a ese que ha agotado entradas en tantas ciudades y ocasiones, a ese que hizo que su último disco, Daiquiri Blues, fuese el número cinco en la lista de discos más vendidos, la semana que salió a la venta. Recuerda con cariño la calidez de Murcia, Galicia y Madrid, pero reconoce, sincero y agradecido, sentirse arropado allá donde va.

“Quique, ¿cuál ha sido el momento en el que más necesitaste agarrarte al aplauso de tu público como ardiendo a un clavo?”, “siempre, y esta noche también”: la honestidad de su rostro abruma. Dice haber recibido regalos de sus fans, “uno de los últimos, un cuadro de un Ford Capri muy chulo”, que recuerda con cariño, “pero también, una vez, me regalaron un tanga que creo que no era para mí”, se ríe. A pesar de todo, a Quique le resulta extraño que la gente le admire: reconoce preguntarse a veces “¿por qué a mí?”. Sin embargo, cuando los oye cantar ante el escenario, “es como una comunión, porque sientes que las balas que disparas llegan a buen puerto. Y me gusta cuando cantan las canciones nuevas, porque significa que empiezan a escucharlas pronto”, sonríe. Será por eso que Quique suele hacer una elección “libre” de sus canciones en cada concierto: “surgen solas, dependiendo de cómo me sienta o de lo que pida el público”.

Poco más de las diez de la noche: empieza el concierto. El limitado pero repleto aforo de Les Combustibles ovaciona a Quique González. Él coge su guitarra. Primer tema: Insurrección, El Último de la Fila. Su voz acaricia una letra que no es suya. No quiere igualar al gran Manolo García, mucho menos imitarle, tan solo es un alfarero de canciones que comienza su trabajo recordando al David de un Miguel Ángel al que admira. El público canta y, juntos, público y artista parecen halcones llamados a las filas de ese escenario insurrecto que se rebela contra los grandes escenarios comerciales, activado por el combustible de la música y de la noche. Acaba su canción ajena de apertura entre aplausos: “¿Qué tal estáis, bien?”, el público contesta y él sonríe, “es la primera vez que toco en París y voy a tocar lo que queráis”, y encantados, comienzan a pedir canciones.

La excitación se palpa con Cuando Éramos Reyes, La Luna Debajo del Brazo, Salitre, La Ciudad Del Viento. Los brazos se alzan para grabar vídeos y tomar fotografías, entre cuerpos de fans acalorados y olor a sudor. Los flashes deslumbran, como un halo de luz en la oscura Les Combustibles. Desde el fondo de la sala no puede verse a Quique González: el escenario es poco más alto que una tarima, tan solo se le escucha. Él es quien tiene la guitarra, quien hace la canción, pero no por eso el especial: sobre todo esta noche, que parece uno más. Intenta atender a todas las peticiones, como un amigo que toca la guitarra en una noche entre amigos, pero, tras veintiuna canciones y casi hora y media de concierto, todavía hay alguna que se le escapa: Superman, Calles de Madrid, Cara de Perro, Ardiendo a un Clavo.

El tiempo pasa y, conforme avanza, puede verse a un Quique cada vez más Quique: alma de roquero normal, suave, sensible. Le susurra una bonita Polvo en el Aire a París, se alborota el pelo con Suave Es la Noche, eleva a 39 Grados una poesía de Bukowsky, es Carlos Chaouen quien toca en el cierre de fiesta de Día de Feria, el final de De Haberlo Sabido enlaza con un recuerdo para Antonio Vega, y pone barra final a la partitura de la noche cantando a medias con el público Vidas Cruzadas. Al terminar el concierto, Quique sale a la calle, a la puerta de ese número 14 de la Rue Abel, con sus fans: acostumbra a entrar sin hacer ruido por la puerta de atrás y salir el primero por la de delante.

En sus últimas giras, Quique González ha tenido la oportunidad de tocar en salas y teatros de gran aforo, pero confiesa sentirse todavía Músico de Guardia: “¿Desde la cuna a la tumba, Quique?”; sonríe, “sí, siempre”, contesta rotundo. Pero ya no sabemos si músico o cancionista de guardia, porque, al igual que los panaderos hacen con las barras, un cancionista es aquel músico que hace la canción cada vez que la canta: misma receta, apariencia distinta.

O como decía Ángel González en Me Basta Así, un poema que también habla de panaderos: “(…) repetirte y repetirte, / siempre la misma y siempre diferente, / sin cansarme jamás del juego idéntico, / sin desdeñar tampoco la que fuiste / por la que ibas a ser dentro de nada (…)”. El cancionista es aquel músico que, en concierto, nunca se siente atado a una lista de repertorio que tocar, aunque la tenga. Ser cancionista es algo hasta, incluso, íntimo, que nace de la necesidad de tocar una canción, sea propia o no. Será por eso que Quique González se siente más cómodo en escenarios más cercanos: al terminar el concierto, Quique sonreía, “me siento bien, esta es mi escuela y este soy yo”.

La noche del diez de marzo, en el 14 de la Rue Abel de París, por primera vez en la ciudad, pudo verse el lado más cancionista de guardia de Quique González, tanto que, al acabar, París no olía a París, sino a la música de Les Combustibles, que esa noche era dorada, caliente, recién hecha, crujiente y con mucha miga.

URL simplificada: http://www.puntoencuentrocomplutense.es/?p=23628

Publicado por en marzo 17 2012. Archivado bajo Entrevistas PDE, General, Música, Música hoy. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

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