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La odisea de un tríptico gótico

Isabel Álvarez Barrio (@ialvarez111)-Reportaje

Los grandes museos viven hoy un esplendor que atrae a millones de amantes de la cultura a sus salas en busca de las piezas más célebres de la historia del arte. Pero, ¿qué hay detrás de una pintura? ¿Cuál es su historia? ¿Cómo llega del lugar dónde se crea a las salas de un museo? A lo largo de las próximas líneas relatamos a modo de cuento, cómo el tríptico “Cristo y los ángeles cantores” de Hans Memling, una brillante pieza del gótico flamenco, viajó desde su Brujas natal a su actual hogar en Amberes, pasando por una particular odisea en España.

La historia de nuestro tríptico comienza un lluvioso día de 1480, cuando el artista flamenco Hans Memling retrata por encargo de los cónsules españoles en Brujas un bello tríptico donde aparece Cristo, rodeado de una multitud de ángeles tañendo instrumentos musicales. No se sabe si por el afán de estos cónsules o de algún otro benefactor, el cuadro se instala en un pequeño monasterio, Santa María La Real de Nájera (La Rioja).

Tenemos que dar un salto cronológico de dos siglos para saber un poco más de las andanzas de esta obra. Sin saber con seguridad por qué motivo, cayó en el olvido, las tablas se arrinconaron en una pared como si de simples tableros de madera se tratara, incluso el ilustre Jovellanos, quien las vio en 1795 ya elogiaba su belleza sin comprender lo penoso de su suerte.

Y así pasó el tríptico largos años entre telarañas, sin darle más uso que el de tapar el viejo órgano del monasterio, hasta que un buen día, llegó a Nájera un avispado madrileño que se dedicaba a la compra venta de antigüedades. Nos encontramos ya en 1886, se vivía época de carestía y era complicado mantener las numerosas parroquias que había en la pequeña ciudad; albergar a los fieles primó sobre conservar las obras de arte, así que el administrador del monasterio no dudó en aceptar la oferta del anticuario Rafael García, quien por unos seis mil reales (según el libro de cuentas de la época) se llevó el tríptico consigo.

Madrid no fue su última parada, todavía tendría que pasar por unas cuantas manos más hasta llegar a su destino final. Por 25.000 pesetas, el anticuario madrileño lo vendió a un judío que también residía en la capital. De ahí pasó a las manos de otro anticuario, esta vez francés, quien a su vez lo volvió a vender por 40.000 francos. Su último propietario será un belga llamado Monsieur Gauchez, quien por 240.000 francos lo vendió al museo de Amberes. Por fin el tríptico llegaba a un destino donde iba a ser mimado como se merecía después de tanto viaje.

Hoy, recién restaurado y con su metro setenta de altura y sus más de seis metros de ancho, descansa en el Museo Real de Bellas Artes de Amberes. Su historia no es más que otro ejemplo de las idas y venidas que sufren tantas joyas de nuestro patrimonio. Afortunadamente, ésta con final feliz, el bello tríptico no puede estar más cuidado en su hogar belga. Quizás sería interesante que al sentarnos delante de una pintura, no sólo admiráramos su factura o su temática, sino que fuéramos algo más allá hasta descubrir el camino que la pieza ha recorrido, una nueva forma de acercarnos al arte que sin duda nos ayudaría aun más, a valorar y comprender nuestra relación histórica con el arte.

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Publicado por en abril 8 2012. Archivado bajo Arte, General, Más cultura. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

1 comentario por “La odisea de un tríptico gótico”

  1. Isabel me gusta como has redactado el articulo, se lo saco a Santiago.

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