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“Noches Blancas” en pleno Lavapiés

Beatriz Yubero – Crítica

A los pies del barrio de Lavapiés, en la calle San Cosme y San Damián, se alza un pequeño teatro de época, cuco, bastante acogedor. Es el teatro de Cámara de Chejov. Un paso tan sólo, separa la realidad de lo que posiblemente sea un salto en el tiempo, hasta llegar al mismísimo siglo XIX. Sofás de antaño, porcelanas, un vestíbulo recogido. Únicamente una echa en falta un té y unas pastas para sentirse como en casa.

Un diminuto patio, inundado de flores da paso al teatro; el público escoge asiento, las entradas son sin numerar. La puesta en escena -realmente bonita- está preparada. Se oye música de fondo. Son las 20:30 y puntualmente comienza el espectáculo. ‘Noches Blancas”’ de F. Dostoievski nos lleva hasta San Petesburgo.

Una “chiquilla” asustadiza, ambiciosa y la figura del “eterno soñador”, solitario y enamoradizo protagonizan la trama que se desarrolla durante cerca de hora y media. El argumento pone de manifiesto muchos de los miedos existenciales del hombre. La figura de la mujer en el siglo XIX, dependiente, se ve desbordada por el ansia de una joven por salir de su casa, explorar mundo y lograr finalmente el amor de un imposible.

La vejez, así como el obsesivo pensamiento de la pareja como una única alternativa posible a la soledad, ponen al espectador en sobre aviso. Empatizar con la bondad y la pureza del “eterno soñador” es inevitable, y más aún si el papel lo encarna un actor como es Carlos Herencia, cuya expresividad hace que nos replanteemos muchas veces, si realmente lo que estamos viendo es una actuación o verdaderamente ese “muchacho” está preso de tal agonía.

Cuatro son las noches en las que se desarrolla la obra, que finalizarán con el sútil toque de Ángel Gutierrez director de la misma, a la que decide poner punto y final en la cuarta noche, olvidando, a propósito quizá, la mañana del quinto día en la Dostoievski realmente revela la intencionalidad de un relato que propone amar libremente a una persona, aún cuando ese amor no sea correspondido.

De repente un mundo onírico se despliega ante el espectador. Burbujas y unos columpios descienden del techo. La obra a finalizado. Los actores, que se despiden en hasta cuatro ocasiones, lo saben, el público también lo sabe. Aún así, parece que algo se escapa en el ambiente, quizá sea la incógnita que subyace de un final precipitado o quizá sea las ganas de abrazar a un protagonista con el que todos, alguna vez, nos hemos sentido identificados.

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Publicado por en mayo 8 2012. Archivado bajo General, Más cultura, Para disfrutar/ Ocio, Teatro. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

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