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España en los Juegos: la proeza de Gervasio Deferr

Daniel Uclés (@daniel_u2_) – Reportaje

La historia deportiva delata a nuestro país como una nación abigarrada con fuertes tendencias hacia determinados deportes. El fútbol, el baloncesto o el tenis son las principales inclinaciones de los españoles, de eso no hay duda. Se trata de deportes con una fuerte asiduidad en las programaciones televisivas y en las planificaciones de los burócratas del deporte. Al partido de fútbol le sucede uno de baloncesto, a este uno de tenis y así sucesivamente hasta completar el círculo. Esta rutina tan hermética puede verse interrumpida por alguna etapa ciclista, carreras de fórmula 1 o motociclismo y muy de vez en cuando un duelo interesante de balonmano o fútbol sala. Trasegamos estas disciplinas con una religiosidad absoluta, en detrimento de unas cuantas que sólo encuentran altavoz en los Juegos Olímpicos.

Si por algo se caracterizan los Juegos es por la exaltación de la individualidad. A pesar de la enorme trascendencia de algunos deportes de equipo, cómo ocurre con el baloncesto, los Juegos son el escenario para el desafío personal. En definitiva, es el momento de los nadadores y su lucha contra el agua y la fatiga. La batalla del atleta contra su propia resistencia. El reto de los gimnastas contra las leyes de la física. Los Juegos han sido testigos de las proezas de deportistas que quedaron abandonados contra ellos mismos. Es donde se gestaron hazañas como las del fondista Zátopek, los records en natación de Mark Spitz en su momento o Michael Phelps en la actualidad o bien la perfección artística a través del ejercicio de Nadia Comaneci.

El estallido de una promesa

En España no hemos sido inmunes al encanto de los Juegos, que curiosamente poseen ese magnetismo que algunos deportes minoritarios requieren para llamar nuestra atención. Los factores que operan en estos casos están relacionados con la perspectiva de la competitividad nacional frente al resto de países. Es la hora de sacar a pasear el orgullo patrio ante el resto del mundo. Cada cuatro años vuelven a la liza los pretorianos de ese patriotismo exacerbado. En definitiva, los Juegos son una especie de simbiosis entre el deportista y el aficionado. Algo así comenzó a gestarse en los Juegos Olímpicos de Sidney en el año 2000. Para renovar a un país entero el espíritu de un determinado deporte era necesario la eclosión de una figura sin precedentes, cuya irrupción reventara los parámetros de optimismo, que al fin y al cabo funciona como motor de la ilusión. La gimnasia artística entró en combustión a través de la figura de un imberbe barcelonés llamado Gervasio Deferr.

Un año antes de aquellas Olimpiadas, Deferr había logrado la plata en el ejercicio de suelo de los mundiales de Tianjin en China. La aparición de Gervasio fue tomada con una mezcla de precaución y entusiasmo. Con sólo 19 años, la presión que cayó sobre sus hombros debía de administrarse con la máxima cautela. Las condiciones atléticas del catalán eran indudables, pero la fortaleza mental sólo puede medirse en el momento del desafío. Es la crucial diferencia que separa los Juegos del resto de competiciones. Cuatro años de máxima dedicación se ponen en juego en poco más de dos minutos, dónde el más mínimo desliz o el más leve susurro puede destruir el trabajo de varios años. La impaciencia ante su próxima actuación en los Juegos presidió gran parte de los debates deportivos de nuestro país, a pesar de que estuvieran enterrados por el enorme ruido que siempre han generado el fútbol o el baloncesto.

Sus primeros Juegos

Gervasio llegó a Australia con la aureola de joven prometedor y salió con la etiqueta de héroe nacional. Su especialidad era el ejercicio de suelo, como había demostrado en los mundiales del año anterior. Sin embargo, rompió con todos los pronósticos al poner en práctica unas dotes extraordinarias en el salto de potro. Lubricó sus manos, tomó aire y se lanzó a la carrera como una centella, todo decisión y una insultante seguridad. Se elevó con precisión en el prevuelo, tomó el impulso justo en el potro para acometer un segundo vuelo estilístico y aterrizar como un clavo en la colchoneta. El público notó que aquel joven curtido en suelo también apuntaba maneras en esta disciplina. El ejercicio había sido fantástico, mucho mejor de lo imaginado; desde la carrera a 28 km/h hasta el aterrizaje casi perfecto. Los jueces confirmaron lo que las sensaciones del momento habían insinuado: 9’800.

El oro había pasado de sueño improbable a realidad inmediata. Los espectadores fueron conscientes del fulgor del momento y prorrumpieron en una ovación atronadora. Aún quedaba el segundo salto. Aún así, la actuación de Gervasio sería una gran noticia con independencia del resultado: en caso de ganar se confirmaría la aparición de una nueva estrella; la derrota sólo significaría posponer un futuro brillante. Con todo, Deferr hizo alarde de una madurez apabullante, estoico ante la inopinada situación en la que se encontraba. El salto definitivo fue una prolongación de la majestuosidad del anterior. Extraordinariamente largo, quizás tuvo algo menos de artificio que el primero. Deferr era sabedor de lo crucial que era una esplendorosa puesta en escena, por lo que el segundo salto fue más seguro que el primero, acometido con una elaboración menos pomposa. El segundo salto confirmó lo que el primero había insinuado. La medalla se palpaba en el ambiente, y únicamente quedaba por conocer el color del metal.

La puntuación fue de 9’625, lo cuál suponía 9’712 en el global. El oro estaba en el bolsillo. Tras el anuncio de los jueces, Gervasio saltó al potro y levantó el puño en señal de victoria. Fue la primera medalla de la gimnasia artística española en unos Juegos Olímpicos. De manera imprevisible y totalmente insospechada, Deferr había colocado a la gimnasia artística en lo más alto del deporte español. Fue el ejemplo perfecto de la reciprocidad entre deporte y deportista, el intercambio de beneficios que supone actuaciones de este tipo. El deportista sitúa al deporte en primera plana del escenario deportivo; el deporte le da al deportista la posibilidad de alzarse como un iconoclasta sin parangón.

Segundo oro y retirada

Cuatro años después volvió a arrasar en los Juegos Olímpicos de Atenas. Con dos saltos de 9,900, logró su segundo oro en unos Juegos. Perdida la condición de novato, llegó a sus segundas Olimpiadas con el objetivo de confirmar su condición de número uno. Lejos de sentirse atribulado ante semejante responsabilidad demostró que estaba hecho de la pasta de los grandes campeones. Y lo más importante de todo: era un campeón español. Revistió a España de ese prestigio que sólo los Juegos pueden otorgar y situó su nombre a la altura de leyendas del deporte olímpico español. Cada una de esas figuras tiene sus peculiaridades. En Gervasio se observaron una madurez inusitada y un crecimiento exponencial de las expectativas. Había llegado a Sidney como un chaval anónimo. Tras los Juegos de Atenas, era considerado el mejor del mundo en su modalidad. Fueron cinco años de frenética evolución, una de las más meteóricas que nuestro país ha atestiguado.

En Pekín disputó sus últimos Juegos Olímpicos. Consiguió la plata en la modalidad que en principio estaba destinada a ser su especialidad. Se alzó con un segundo puesto en suelo con una puntuación de 15,775. Fue el final de una relación armoniosa entre un deportista y las Olimpiadas. En 2011 anunció su retirada con el aval que suponen una plata y dos oros olímpicos. Fue el punto final a un ciclo esplendoroso en todos los aspectos. Quizás lo más sobrecogedor fue comprobar como un deportista puede cambiar los hábitos de un país entero y alzarse como un baluarte. Al fin y al cabo, fue la victoria de Gervasio Deferr y de la gimnasia artística.

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Publicado por en junio 19 2012. Archivado bajo Deportes, General, Juegos Olímpicos. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

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