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Joyas ocultas del cine: El camino de Cutter

José Colmenarejo (@Colmenarejo89) – Reportaje.

“Se puede asesinar a películas, como se puede asesinar a personas. Creo que la United Artists ha asesinado a mi película. O al menos lo ha intentado.” Cambios de productora, directores que abandonaban el barco, nula promoción, paupérrima distribución, y responsables que no tenían fe en el proyecto fueron los causantes de que El camino de Cutter naciera muerta. Sin embargo y a pesar de las sinceras palabras de su director, el checo Ivan Passer, resulta imposible no pensar que aunque hubiese contado con varias estrellas de Hollywood en su cartel y una rimbombante promoción, esta maravillosa película jamás habría triunfado entre el gran público. Aunque el calendario de Dustin Hoffman hubiese finalmente cuadrado, y aunque la United Artists no se hubiese inmolado un año antes al confiar prácticamente todo su futuro en el negro ego de Michael Cimino, que venía de arrasar con El cazador, y cuya Puerta del cielo se enredó entre abultados presupuestos y recortes de infinito metraje; aunque hubiese conseguido estrenarse en al menos más de seis países, daba igual. El camino de Cutter es y siempre fue una rara avis condenada al fracaso, una de tantas en el cine, donde el buen espectador sabe admirar aquellas obras que, aun con oficio y talento, fueron desgraciadamente ignoradas.

Y es que El camino de Cutter nunca buscó amigos. Es triste, descorazonadora y deprimente. Su argumento se reduce a la anécdota, y además los sucesos más importantes de la historia jamás los presenciamos. Su héroe no tiene una meta, y le asusta tomar decisiones. Es más, el único paso hacia delante que toma será, literalmente, un segundo antes de los títulos de crédito. Y su villano… En fin, ni siquiera sabemos si es un villano. La película, con tintes de cine negro, se cimienta simplemente sobre una coincidencia y una corazonada; un buscavidas llamado Bone (Jeff Bridges) se convierte en vago testigo de un asesinato del que le resulta prácticamente imposible discernir quién ha sido el responsable ante la policía, aunque sí le confiesa a su amigo Cutter (John Heart), un veterano de guerra tuerto y alcohólico, que quizá el asesino fuese el ricachón y gerifalte de la ciudad, un empresario del mundo del petróleo. En un inmenso monólogo, de aquellos que dignifican y magnetizan la poesía y la mística de los perdedores, Cutter intenta convencer a Bone para derrotar al rico, al de arriba, haciéndole picar el anzuelo con un chantaje para después denunciarle. “El mundo está falto de héroes” le escupe desencantado mientras desea convertirle en uno. Y la película transcurre entre confesiones ahogadas a medianoche y botellas demasiado vacías, mientras sus personajes, tan vivos, tan sensacionalmente interpretados, bailan una triste melodía alrededor de un argumento exiguo edificado sobre una corazonada que, como ellos, se tambalea. Es magnífica la presentación del personaje de Bone, un don nadie a medio hacer, que en las ¡cinco! primeras escenas lo único que hace es largarse, huir (de su amante, de su amigo, de la policía…). No encuentra su sitio. Sin embargo, quizá resulte más atractivo Cutter (sin él ni el teniente Dan de Forrest Gump, ni el protagonista de Nacido el cuatro de Julio serían los mismos), por el que sus poros y por los del filme se cuela esa paranoia post-Vietnam – podría ser cualquier guerra – y esa fría desconfianza a las autoridades, al poder, al de arriba, al fin y al cabo, de finales de los setenta norteamericanos – podría ser cualquier época de crisis, podría ser cualquier país -. Son ellos, los personajes, los que engrandecen una película dificil en la que debe ser el espectador el que decida si este tuerto que enseña a su amigo a disparar aunque sea al aire (¿acaso no cerramos un ojo para apuntar?) está luchando contra gigantes o contra molinos. Y aunque la respuesta varíe según tu estado de ánimo, lo que siempre te quedará será una sincera historia sobre dos amigos; uno que busca agallas para perder la vida, y otro que busca un sentido que darle a la suya.

Desconozco si entre las causas por las que los hermanos Coen escogieron a Jeff Bridges de protagonista en El Gran Lebowski, esa ácida comedia en la que un pasota se ve envuelto en un crimen sin quererlo, y todo se enreda más y más porque su mejor amigo, un veterano de guerra obsesionado con la batalla, le invita una y otra vez a coger las riendas y tomar parte de la acción, se encuentra su esquivo personaje en esta película. Pero hay demasiadas coincidencias: Otra historia sobre perdedores ensimismados en sus manías, el pasotimo, y la falta de héroes. El camino de Cutter, la asesinada en los despachos, la que nació muerta, es su reverso oscuro.

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Publicado por en febrero 13 2013. Archivado bajo Cine, General, Más Cine. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

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