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Momentos de Leyenda: El salto a la eternidad de Mike Powell

Daniel Uclés (@daniel_u2_).- Reportaje (26/2/2013)

Hay un dicho popular en el mundo del deporte que suele recitarse cada vez que una gran marca es batida: las medallas son propiedad eterna; los records sólo se toman prestados. Como en toda ley, y a pesar de no encontrarse ésta plasmada en ningún código constitucional, existen excepciones que destripan la norma y hacen que nos planteemos su legitimidad. En esta, que no está escrita, la excepción tuvo nombre y apellido: Bob Beamon.

En el año 1968, en los Juegos Olímpicos de México, el nervioso e inseguro atleta afroamericano batió el record mundial de salto de longitud. No fue un registro corriente, de unos pocos centímetros, como suele ocurrir en esta disciplina. Tras una carrera fugaz, muelles en la suela de sus zapatillas, el atleta brincó sobre el foso y superó la anterior marca en 55 cm. Un salto sideral de 8,90 metros. Fue el record de los records, la excepción que toda regla necesita para estructurarse. A partir de entonces, los atletas se presentaban a las competiciones con el único objetivo de conseguir el oro. La cifra generaba un vértigo disuasorio y desmoralizante para cualquiera que quisiera aspirar al record. Habría que aprender a convivir con ella y aceptarla como ocurre hoy día con la supremacía de Usain Bolt. Cuando se había abandonado cualquier esperanza, y la desazón y la impotencia quebraban a todo competidor, apareció un prodigio atlético llamado Carl Lewis.

La irrupción de Carl Lewis

Probablemente el mejor atleta de la historia, y sin duda alguna el más completo de todos, el hombre aliado con el viento logró cuatro oros en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984. Tenía apenas 23 años y el más esplendoroso de los futuros por delante. Imbatible en la velocidad, imperial en el salto de longitud. Tuvieron que pasar dieciséis años para contemplar como realista la posibilidad de que algún atleta batiera la marca de Beamon. Lewis era el hombre elegido para el cometido. Sin embargo, llegaron los Juegos de Seúl cuatro años más tarde y Lewis tuvo que conformarse con el oro tras un salto de 8,72 metros.

Insatisfecho tras una victoria cómo solo pueden estarlo aquellos que aspiran a lo máximo, a la épica de los records, se presentó en Tokio en 1991 en el mejor estado de forma posible. Las condiciones climáticas eran buenas (no tanto como las de México, favorecida por su altura); la confianza en sí mismo absoluta. Sólo faltaba un estímulo, algún rival que le empujara a superar sus propios límites, hasta entonces aún inexplorados. Como una obra de teatro perfectamente guionizada, como si todo hubiera estado siempre medido al milímetro para ofrecer el mayor escenario jamás soñado, surgió el antagonista, el hombre que en un principio debía achuchar a Carl Lewis hasta más allá de las huellas marcadas por Bob Beamon veintitrés años atrás. El antagonista, de nombre Mike Powell, de nacionalidad también estadounidense, nacido en Filadelfia en 1963, estaba a punto de establecer la madre de todos los records.

El duelo entre Lewis y Powell

Hasta aquel campeonato del mundo, Powell tan sólo había logrado una medalla de plata, en los Juegos de Seúl en 1988. A priori, no era un feroz rival que pudiera poner en peligro el oro de Lewis. Su primer salto, que podría interpretarse como toma de contacto con el terreno y el ambiente, no fue en absoluto profético: tan sólo logró una marca de 7.85 metros. Lewis, impaciente por demostrar desde el primer brinco sus ansias de inmortalidad, se fue hasta los 8.68 metros, record en unos mundiales de atletismo. A partir de aquel momento, el duelo mutó en una especie de combate de boxeo por turnos. Primero golpeaba uno, más tarde llegaba la respuesta del otro. El segundo salto de Powell fue el primer aviso serio de la tarde: 8. 54 metros y Lewis tensionado hasta el extremo. Tanto, que su segunda oportunidad se quedó en nulo. La complejidad de anestesiar los nervios y al mismo tiempo mantener la concentración intacta había llevado a Lewis a delatar su miedo al error. Sin embargo, en su tercer salto, tras haber marcado Powell un discreto 8.29, el hijo del viento señaló 8.83 metros con la punta de sus zapatillas. Era la tercera mejor marca de todos los tiempos. A pesar de haber sido apoyado por el viento, que había soplado con una velocidad de +2m/s, la marca era seria candidata al oro.

El desenlace final

Después de estos tres intentos, sólo ocho saltadores continúan en competición. Ambos meditan, se toman un respiro y retoman el combate. El turno es para Powell, pues había marcado peor marca que Lewis hasta el momento, por lo que siempre saltará en primer lugar. El cuarto salto del de Filadelfia es largo, muy largo, pero los jueces señalan nulo. Se acerca a la plastilina, comprueba el nulo y se lamenta con vehemencia por la ocasión perdida, de rodillas sobre el tartán y señalando la marca con ostentosos aspavientos, como pidiendo explicaciones a la diosa fortuna por no haberlo ayudado. A continuación, Lewis va a ostentar durante unos segundos el record del mundo. Se va hasta los 8,91 metros. Supera la marca de Beamon. No obstante, el viento ha soplado una vez más por encima de los 2 m/s, velocidad que invalida cualquier marca a la hora de considerarla para el record mundial, aunque sí es tenida en cuenta para la competición. Una vez conocida esa cifra, parece evidente que el oro irá de nuevo a la vitrina de Lewis.

Sin embargo, los roles parecían haberse intercambiado. Powell, que debería haber sido la liebre que tirara de Carl Lewis hasta más allá del record, fue al final el beneficiario de la tremenda rivalidad. En el quinto salto, el mejor salto de todos los tiempos, el que en todas las apuestas estaba destinado a salir de los muelles de Lewis, Mike Powell, con un viento favorable de tan sólo 0.3 m/s, voló sobre la arena, vio pasar desde al aire la misma distancia que veintitrés años antes Bob Beamon contemplara en Ciudad de México, y aterrizó cinco centímetros más allá del record del mundo. El estadio emitió un suspiro general. 8.95 metros. Carl Lewis, estirando los músculos en la pista auxiliar, no podía creer lo que acababa de suceder. Aún así, no iba a resignarse. En su quinto salto, con viento ahora ligeramente en contra, exprimiendo sus últimas fuerzas y haciendo alarde de una ambición sin límites, salta hasta los 8,87 metros, quinta mejor marca de la historia. Powell renuncia a su última oportunidad, sabedor de la imposibilidad de superar su anterior salto, y se mantiene expectante ante el último estertor de su enemigo. En su arreón final, Lewis hace un salto de 8.84 metros, el cuarto consecutivo del día por encima de los 8.80, insuficiente para batir el record y para lograr el oro. El primero en la carrera de Mike Powell, quien con un salto estratosférico, un salto a la historia, ponía fin a veintitrés años de dictadura de Bob Beamon, tomando prestado su record, hasta que algún día, seguramente dentro de muchos, muchísimos años, otro atleta vuelva a hacer bueno el dicho popular.

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Publicado por en febrero 26 2013. Archivado bajo Atletismo, Deportes, General, Momentos de leyenda, Polideportivo. Puedes seguir las entradas a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o referencia a esta entrada

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