La Tortuga de Darwin: La evolución y la historia vistas desde abajo

Carlota Torres- Crítica
Si de algo no cabía, ni cabe, duda es de que esta obra de Juan Mayorga levantaba expectación. La puerta del Teatro de la Abadía de Madrid daba testimonio de ello. Un hervidero de gente se aglomeraba allí a la espera de ver a la aclamada Carmen Machi interpretando a Harriet, la bicentenaria tortuga que Charles Darwin trajo consigo de las Islas Galápagos. Muchos de los allí presentes se habían acercado a probar suerte, con la esperanza de encontrar una entrada. Pero, una noche más, las localidades estaban agotadas. No había una sola butaca vacía en la sala, y no era para menos.
En un escenario minimalista, con una mesa de escritorio, una silla y alguna que otra planta como único atrezzo, y ante la atenta mirada de los espectadores impacientes, Harriet hace su aparición. Los dedos agarrotados, rígidos, el paso lento, como fruto de un titánico esfuerzo, la voz tenue y áspera, pero aguda, el cuerpo encorvado, moviéndose pausado. Ataviada como una viejecita entrañable. Y es que una vieja y entrañable tortuga -evolucionada hasta haberse erguido y haber aprendido a hablar, e incluso a leer (gracias a The Times, como la propia Harriet cuenta)- es el personaje que ideó Mayorga para narrar esta historia sobre la historia cargada de emociones, que se rompen con tintes de un humor ingenioso intercalado con acierto en los momentos justos.
La tortuga desembarca, todavía como una jovencita que ignora lo que le depara la vida, en la Londres de la Revolución Industrial, del nacimiento del ferrocarril. Los años la llevarán más tarde a la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, el ascenso del nazismo, la caída del muro de Berlín… Ya en el siglo XXI, Harriet es un auténtico archivo histórico. Pero su avanzada evolución la convierte también en un bien muy preciado para la ciencia. Por eso, un avaricioso historiador y un médico ansioso por obtener reconocimiento a cualquier precio se la disputarán.
Mayorga aúna en la obra de una forma magistral las narraciones de Harriet sobre todas sus vivencias –llevando al público de un extremo a otro de las emociones, pasando de tener el corazón en un puño, al escuchar acongojados el relato de las muertes en las trincheras, a desternillarse de risa con las aventuras de la tortuga durante su vida bohemia en París o en su época en los fumaderos de opio- con sus idas y venidas en el presente mientras el historiador y el médico luchan por hacerla de su propiedad. Así, la obra se transforma en un cúmulo de reflexiones sobre el pasado y el presente, sobre el género humano y su evolución o, tal vez, su involución.
Pero, si hay una palabra para definir La tortuga de Darwin, ésa es, por encima de todas, Machi. La actriz se colma de gloria en una actuación sencillamente colosal. Divierte, sobrecoge, emociona. Llena todos sus monólogos de sentido en un texto que, en boca de otro, no sería el mismo. Le saca jugo a cada frase, a cada gesto, a cada movimiento, por pequeño que sea. Hace que la obra sea, si es posible, aún más digna de disfrutar.